LA AGONIA DE UN CHINO.

Crónica


El último miércoles llegue tarde a mi clase de informática y el profesor no me dejo entrar, con todo derecho. Estuve lamentando por un rato fuera del salón impaciente tratando de decidir que iba a hacer con todo el tiempo que tenía hasta el inicio de mi siguiente asignatura.
Salí de la universidad y fui a la tienda a comprar cigarrillos. Le dije al chino que me vendiera unos cigarrillos sueltos y él me pidió que lo espere mientras abría su tiendita municipal en la esquina. Cuando me dio finalmente los cigarrillos, me pidió de favor que vaya hasta la otra tienda municipal que queda en la esquina opuesta y le pida al señor que ahí atiende la botella de agua que le dio a guardar, a lo que no me opuse, pues el chino y yo habíamos tenido antes algunas conversaciones donde me conto alguna de sus aventuras. Una vez inclusive me pidió que le haga un reportaje, asegurándome que sacaría 20 por que en la universidad todos lo conocían.
Cuando llegue a la tiendita de la otra esquina le dije al señor que atendía ahí lo que el chino me había pedido. El hombre me examino por un momento, y sacando una botella de agua cielo camuflada entre bolsas me dijo- Si quieres tómatelo todo.
Con la botella en mis manos me disponía a regresar a donde el chino estaba, y alejándome primero un poco de la tienda y del sujeto abrí la botella acercando despacio mi olfato. El olor nauseabundo a alcohol barato me echó para atrás.
Me pregunte si había descubierto que la persona que le facilitaba el alcohol al conocido chino era este sujeto. Su competencia directa, la tienda de la otra esquina. Sin saber cuál era el siguiente paso que debía tomar, me dirigí al residencial San Felipe, encendí mi cigarrillo y pensé en las soluciones que le podía dar, pues necesitaba hacer algo. Pensé en decirle a su familia, en botar el líquido que contenía dicha botella, hasta que finalmente, decidí que lo mejor era enfrentarlo. Rápido, me dirigí nuevamente hasta la tiendita municipal del chino, consciente que el chino tenía un problema, y no era una consciencia nueva, ya la había tenido antes. Seguro como todos, cuando alguna vez fueron a comprar y el chino los ha atendido con la voz resquebrajada y las manos que le tiemblan.
Cuando lo vi y el me vio llegar, me sonrió desde lejos. Cuando lo tuve al frente, me dijo de inmediato mirándome a los ojos: Eres un buen muchacho. A lo que le respondí. – No es agua chino, ¿Qué pasa si no te lo quiero dar?


A todo esto, él respondió con un movimiento rápido, quitándome sin esfuerzo la botella de las manos. De inmediato la abrió y tomo como sediento. Y me dijo. – Ya vez, es agua.
Lo mire con nostalgia a esa hora. Y le dije sin prejuicios. – No es agua chino, yo lo olí. Y el chino me respondió con una risa breve. Y me dijo entre otras cosas que, él tenía un problema, que era consciente de su problema, pero que con el nada funciona. Le pregunte quien le daba alcohol y su respuesta fue, me voy a una tienda. Luego me conto unas historias tristes de tratamientos fallidos y no pudimos conversar más, pues muchos alumnos salieron de la universidad y fueron a comprar donde él se encontraba. Nos despedimos a medias y me fui cabizbajo, porque no había ayudo realmente en nada.
De ahí solo vi, esporádicamente y de lejos hasta el viernes. Cuando a la salida, fumaba con un grupo de amigos y una de ella dice. – ¡Se cayó el chino horrible!, Volví la cabeza a donde él estaba. Él estaba en el suelo, y vi con estupor como un joven alumno que estaba a su lado se reía de él en vez de ayudarlo.

Corrí hasta donde estaba el chino, que se incorporaba como podía. Le pregunta si estaba bien varias veces, y solo decía que sí. Hasta que voltio y me reconoció, le dije. – ¿Amigo, estas bien? Me dijo entonces que yo era su amigo y me estimaba, y me dijo te quiero contar algo. Y empezamos a avanzar. Hasta que vino un serenazgo e intento forcejear con el chino para llevarlo más rápido hasta la tienda y que se puedan hacer cargo de él. De inmediato salieron por él y se lo llevaron, con su ansiedad, sus temblores y con todo lo que tenía para decirme, tal vez un secreto maravilloso, quizá un grito de auxilio

Michael Llerena. 

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